Fuente: Forbes Centroamérica / Invitado Forbes
24 de Julio de 2026

América Latina avanza hacia una transición energética impulsada por las energías renovables, pero enfrenta retos en inversión, infraestructura, regulación y financiamiento para consolidar un modelo sostenible.
Con la aprobación del Protocolo de Kyoto en 1997, basado en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático con el compromiso de limitar y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), muchos Países empezaron a basar más de su consumo energético en el uso de energías renovables tales como la solar, la eólica, geotérmica, nuclear y de biomasa.
Sin embargo, a nivel mundial el consumo de energía sigue basándose en el petróleo, el gas, el carbón y la electricidad. De acuerdo con estudios recientes el carbón y el petróleo ocupan el 29% cada uno, seguidos por el gas con un 23%, la electricidad con un 10%, la biomasa con un 9% y fuentes que emanan del calor un porcentaje que apenas alcanza el 1%.
El panorama energético mundial está cambiando en medio de la intensificación geopolítica, la rápida disrupción tecnológica y la escalada de los riesgos climáticos, creando así nuevas oportunidades y desafíos.
LA TRANSICIÓN ENERGÉTICA EN LATINOAMÉRICA
Con el fin de controlar el calentamiento global y sus efectos a nivel global que afectan la diversidad ecológica, atmosférica, fauna, flora y a la población mundial, se han buscado una transición hacia las energías renovables dentro de este consumo mundial y en conjunto con el petróleo, gas, carbón y electricidad, forman una alternativa en materia energética para las economías de diferentes países del mundo, ya que incidirán de manera importante en el crecimiento de la economía mundial, sobre todo en lo que se refiere al calentamiento global, la reducción de gases de efecto invernadero y la necesidad de sustituir la dependencia de importaciones de hidrocarburos y de petrolíferos en países que dependen de ellos para sus consumos energéticos.
América Latina, Centroamérica y el Caribe cuentan con algunas de las condiciones más favorables del mundo y el potencial para liderar la transición hacia las energías limpias. Tal como se muestra en el comparativo regional de la matriz de energías renovables 2025.
De acuerdo con Majano (2015), en Centroamérica, la implementación de estas energías se ha concentrado en centrales fotovoltaicas, principalmente en Guatemala y Honduras relacionada con los servicios públicos, mientras que la generación de energía eólica ha aumentado en Nicaragua y Panamá. Y la regulación para instalaciones de celdas fotovoltaicas en paneles solares para la generación de energía eléctrica ha tenido un crecimiento en Guatemala, Panamá, El Salvador y Costa Rica.
Como podemos ver la implementación de estas energías ha sido principalmente en el sector eléctrico con el fin de poder abastecer cada vez la mayor demanda de electricidad, por parte del sector industrial, doméstico y del mismo sector gubernamental. Lo anterior ofrece una gran ventaja para la región derivado a la interconexión eléctrica entre las redes de estos países.
La transición energética en Latinoamérica, retos regulatorios y ventajas
RETOS Y OPORTUNIDADES EN LA TRANSICIÓN ENERGÉTICA:
Sin embargo, para poder implementar esta transición energética, es necesario aprovechar estas ventajas estructurales en un progreso preparado para el futuro en todo el sistema a través de reformas y acciones regionales. Los recursos solares y eólicos de la región están entre los más potentes del mundo, y las energías renovables ya representan alrededor del 70% de la generación de electricidad (con un aporte de la energía hidroeléctrica del 52.5%).
En cuanto a transporte, los biocarburantes duplican el promedio mundial; los combustibles fósiles representan una parte menor del consumo total de energía que en otros lugares y la región es un proveedor esencial de minerales críticos, con un 25 % de la producción mundial de estos minerales.
La región también muestra un gran potencial para desarrollar nuevas industrias ecológicas (incluida la del hidrógeno), que se sustentan en la implementación cada vez mayor de energías limpias y la creación de empleo que conlleva. Sin embargo, los avances regionales aún no son homogéneos ni siguen el ritmo de evolución del mundo.
Los retos estructurales, para la región Centroamericana, para Latinoamérica y México radican desde los puntos de estancamiento en inversión para el desarrollo de las infraestructuras necesarias para poder implementarse el aprovechamiento de energías limpias hasta las políticas desarticuladas, la innovación limitada y el financiamiento insuficiente que ponen de relieve las áreas críticas en las que las reformas y las inversiones centradas pueden liberar todo el potencial de la región.
Parte del progreso puede vincularse a la ampliación del sector de las energías limpias, de donde las matrices energéticas con las que cuentan México, Centroamérica, Latinoamérica y el Caribe, permiten un impulso hacia esta transición. Además, de que las políticas energéticas que se implementan buscan una equidad energética con reducción de los precios, subvenciones y ampliar la cobertura geográfica, buscando una sustentabilidad con economías circulares que permitan una seguridad energética que conlleve a una menor dependencia en las importaciones.
En este contexto, América Latina y el Caribe ocupan una posición estratégica, pero difícil. Para el caso de Centroamérica, la región se enfrenta a un doble desafío: una elevada vulnerabilidad climática y un vasto potencial de energías, que también son limpias, que constituyen por un lado una oportunidad, pero por el otro también representan desafíos importantes.
Uno de los principales retos que se presentan son las barreras en la inversión y el desarrollo de infraestructuras para el aprovechamiento de energías limpias, ya que existen condiciones desfavorables para la inversión y el financiamiento, en donde las inversiones públicas y privadas necesitan ampliar las inversiones, en particular en sistemas de infraestructura e innovación que sustenten una transición energética resiliente, inclusiva y sostenible.
CONCLUSIONES
En resumen, la región Latinoamericana tiene la firme intención de lograr la transición, tal es el caso del Plan Nacional de Descarbonización de Costa Rica lanzado en 2019 en donde se traza un camino gradual hacia emisiones netas cero para 2050, con un sólido compromiso político. El plan aprovechó los servicios públicos estatales para su aplicación a gran escala. Las mejoras en la red, los contadores inteligentes y la integración de las energías renovables garantizaron un suministro fiable, mientras que el financiamiento internacional movilizó la inversión y reforzó así el liderazgo de Costa Rica en los esfuerzos por lograr que el 100 % de la electricidad provenga de energías renovables.
Por otro lado, México se enfrenta a una demanda energética cada vez mayor, a desafíos de asequibilidad y a la presión fiscal de las subvenciones. Sin un marco regulador para la eficiencia de aparatos o equipos eléctricos, el despilfarro energético amenazaba el presupuesto de los hogares, tensaba las finanzas públicas y amenazaba con socavar la competitividad en un mercado norteamericano cada vez más integrado.
Ante ello en 1994, México introdujo las Normas Oficiales Mexicanas en Eficiencia Energética (NOM-ENER) bajo la dirección de la Comisión Nacional para el Uso Eficiente de la Energía (ahora CONUEE). Dirigidas a aparatos eléctricos y equipos industriales, las NOM-ENER mejoraron la eficiencia, sin dejar de cumplir las normas de comercio. La aplicación de la regulación y la colaboración con los fabricantes incentivaron la transformación del mercado. Los consumidores ahorraron en las facturas de energía, mientras que los productores mejoraron su competitividad y aumentaron las exportaciones. Las NOM-ENER se convirtieron en un elemento central de la estrategia energética sostenible de México.
Es decir, la transición energética debe ir acompañada de factores relevantes que permitan lograrla como lo son: la regulación y compromiso político, inversiones financieras, educación y capital humanos, inversiones específicas en infraestructuras sostenibles y de energías limpias con acciones estratégicas en innovación y competencias. De no hacerse así, se corre el riesgo que solo se conviertan en intenciones energéticas, sin visión y capacidad de ejecución.
Por MBA: Víctor Hugo Juárez Cuevas
*El autor es CEO y Socio Fundador de Edge Innovation que asesora y da consultorías a empresas líderes del sector energético en México. Participante en la integración de las reformas energéticas y estructurales de México.
Autor del libro: Fondo de desarrollo para los municipios fronterizos de México: Una visión de política pública que logró su implementación en el Congreso de la Unión.
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